Tu hijo, Nemesio Rodríguez

nemesio

             He pensado en usted, padre; y por mi parte, que ya hace mucho tiempo que se me pasó el enfado. Si alguna vez estuve molesto, fue cuando vivía madre; y no por lo mal que usted me trataba, que siempre ha sido a punta de pie, como a los perros, sino por cómo la trataba a ella, que parecía que madre tuviera la culpa de haberle dado un hijo tonto. Pero no le escribo por eso, padre, sino porque el otro día estuvo aquí la María Cindones; vino a la capital y quiso pasar a saludarme. Llegó muy temprano; ni siquiera me habían llamado para desayunar. Me dijo que andaba usted muy enfermo, que llevaba muchos días en la cama y que se negaba a ingresar en el hospital.

La María Cindones me ha traído una caja de galletas y muchos recuerdos de los paisanos. Yo le pregunté por todo el mundo y ella, que ya sabe usted que es muy chismosa, no tardó en ponerme al corriente. No se me vaya a enfadar por esto, padre. Todavía recuerdo, que cuando decía algo que a usted no le parecía oportuno, enseguida me disculpaba diciendo, No le haga caso, es que no está  muy bien…, y señalaba con el dedo su cabeza. A mí esas palabras me dolían por dentro. No puede usted imaginar cuánto. Aún así, fui capaz de aprender a leer y a escribir, gracias a Don Miguel, que de seguro estará en el cielo de lo bueno que era. Usted sólo sabía repetirle, Que le pegue, que le pegue. Si le molesta dele un buen azotazo. Usted sí me pegaba, padre. Lo hacía con rabia; que me parece, que de tantos cogotazos que me dio, me volvió aún más memo. Yo no le guardo rencor por ello. También habrá sufrido usted lo suyo. Me lo dijo un día la abuela, Mama Eusebia, Niño, tu padre no te quiere porque dice que eres tonto, que a ver cómo te va a llevar al campo para ganarte el jornal. Menos mal, padre, que el Gobierno paga por ser tonto y ya dejé de ser una carga para usted. ¿Se acuerda? Decían, ¡Anda!, al Neme le han dado una paga como a un ministro y eso que su padre siempre está quejándose. Usted sabe que la gente dice muchas cosas y no siempre todas verdad. Yo se lo recuerdo porque sé que se enfadó mucho conmigo cuando le dijeron que andaba en chanzas con la mujer del Tobías. Ya ve, que podía ser mi madre. El que andaba de veras era el Evaristo, el cabrero; y a mí, por unos duros, me tenían de espía, por si llegaba el marido. Se lo cuento ahora, padre, porque  ya no viven en el pueblo y poco mal les ha de causar el que usted lo sepa. Y ya ve, Que si el Neme…, que si lo han visto…

La verdad es que aquí vivo más tranquilo. Bueno, al principio no fue así. Después de morir madre, como usted no quería hacerse cargo de mí, el cura, Don Enrique, lo arregló todo para que me trajeran a esta residencia. Los primeros días no paraba de llorar y de maldecidlo a usted. Ahora estoy bien. Ya le he dicho antes que se me pasó el enfado. Aunque me acuerdo del pueblo algunas veces. Sobre todo cuando las matanzas. Aquí en la capital no hay matanzas de cerdos. Yo no he visto ninguna. Con lo bien que sabía usted matarlos, padre, que no les dejaba ni gota de sangre en el cuerpo. Por eso le llamaban siempre a usted, porque era el mejor.  Y a mí me gustaba acompañarle y que me dijeran, Anda Neme, aprende, para que seas tú tan bueno como tu padre. Entonces a usted le entraba la vergüenza.

De quien me acuerdo mucho es de madre y del día en que murió. Yo aguanté como un hombre en el velatorio, sin dormirme en toda la noche; y eso, que las pastillas que tomo para los ataques me dan mucho sueño. Me decían, Anda Neme, acuéstate hombre, que ya no se puede remediar; pero yo dije que velaría a madre y hasta me quedaron fuerzas para enterrarla al día siguiente, que madre me quiso mucho y madre no ignoraba que yo era tonto.

Padre, hágale caso a Don Federico, el médico, y váyase  al hospital. Allí le van a cuidar muy bien; y en el pueblo,  ya no tiene usted a nadie que se preocupe. Yo voy a hablar con el director de la residencia para que pueda venirse aquí conmigo, aunque sepa que a usted no le hará ninguna gracia.

Lo que sí quería pedirle, padre, es que si por un casual se muere, ¡Dios no lo quiera!, no se me vaya a aparecer para despedirse, que ya sabe  usted el miedo que les tengo a los difuntos. Usted, quédese tranquilo, que de seguro me he de enterar por la María Cindones; y  ella, no me da ningún miedo.

Adiós, padre.

Tu hijo, Nemesio Rodríguez.

Isidoro Irroca

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