Las paredes del recuerdo

las paredes del recuerdo

Sabían que el olvido era la muerte y quisieron encerrarlo entre las paredes del eterno recuerdo. Cada día, como un salmo, repetían los nombres y los hechos para tenerlos presentes siempre; cada noche, antes del sueño, recordaban las vidas y los acontecimientos. Por las mañanas hacían lo mismo, con delicado esmero, para que todos los ausentes fueran perpetuados y conmemorados. Así pasaban sus vidas enteras, sin hacer otra cosa ni dedicarse a otro menester, con el convencimiento de que andaban por el buen camino y de que esa era la fórmula para acabar definitivamente con el olvido y, por ende, con la propia muerte. Casi sin darse cuenta se hicieron viejos, inmersos en una rutina que poco les dejaba para la sorpresa y la felicidad, imaginando que su sacrificio merecía la pena. Y la muerte, mientras tanto, les iba rodeando imperceptible y progresiva, sentada plácidamente, contemplaba cómo cada día que pasaba era un día menos de posibilidad para todos ellos.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Anuncios

La sombra en sus ojos

la sombra en sus ojos

Fue un disparador, un resorte que, de repente, giró la puerta de la tristeza y la abrió de par en par. Hasta entonces no había sombra en sus ojos, ni sus manos se habían replegado en un gesto de defensa. Apenas hubiesen sabido de su trance si no hubiera roto en llanto, si su voz entrecortada no terminara por convertirse en grito en aquella noche maldecida por la oscuridad. Le miraron en silencio y luego compartieron el mismo sentimiento de compasión que da siempre la herida en el alma ajena. Nadie quiso intervenir en aquel ataque que los médicos le habían tratado sin mucho éxito desde niño. Llamaron a la madre. Él permanecía quieto e indefenso, tumbado en el suelo, con los ojos perdidos en su visión, murmurando una oración imperceptible, con un ligero temblor en el cuerpo. Llegó la madre. Lo incorporó y lo abrazó, lo sostuvo apoyando la cabeza en su rostro hasta dejar de oír su latido.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

 

El mundo feliz

el mundo feliz

Era la música que se desprendía, como una cortina de viento, la que inundaba las calles y las plazas y la que producía aquel estado de moderación en los habitantes. Caían en un letargo delicioso, en un sentimiento pacificador y amigable, lejos del más mínimo ánimo de conflicto o violencia. Se felicitaban por ello las autoridades y el equipo de neurólogos y músicos que habían investigado sobre la actividad oscilatoria neuronal con el objetivo de, a través de una determinada música, provocar ondas theta y alfa en el cerebro para conseguir ciudadanos calmosos y tranquilos. Lo habían conseguido, tras años de investigación, dejando atrás de forma definitiva el uso de drogas y fármacos y sus arriesgados efectos secundarios. Al fin, después de numerosas pruebas, se podía afirmar que se había alcanzado el mundo feliz tan anhelado por la clase dirigente. No sospechaban, en ese momento, que una revolución se venía gestando por parte de todas las personas sordas del país.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Por accidente

por accidente 2

Cada vez que el hombre escupía sangre, tras un leve tosido, se llevaba la mano al pecho con la intención de aliviar el dolor. Le quedaba poco para llegar al hospital. Había sorteado la oscuridad que precedía a la estación de servicio, los ladridos acosadores de los perros guardianes e, incluso, al grueso vigilante que le miró desconfiado hasta perderlo de vista. Era importante insistir en que se trataba de un accidente. Lo primordial era no alertar a la policía. La herida no parecía grave, con cualquier cosa se hubiera producido. De ningún modo podía delatar lo que ocurrió. Nunca nadie debía saber la verdad. Sobre lo alto de los edificios, reluciente, pudo ver la gran cruz iluminada y azul del hospital. No faltaba tanto. Un último esfuerzo y lo conseguiría. Corrió para cruzar la calle, ansioso, y un coche lo atropelló sin remisión. En el hospital, finalmente, certificaron su muerte por accidente. Nadie, nunca, llegó a saber la verdad.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

 

La advertencia

la advertencia

Dejaron una nota sobre su mesa, “No vuelvas hoy a casa”, pudo leer con claridad. Levantó la vista y en vano buscó a quien pudiera haberla dejado. En las oficinas de la Secretaría de Interior no quedaba ya nadie y él estaba recogiendo sus cosas para marcharse. Volvió a leerla y terminó por tirarla a la papelera. En la calle tomó dirección hacia su domicilio. Pensó de nuevo en la nota y la interpretó al fin como una broma. Paró en la tienda. Compró unas cervezas y algo para cenar. A cien pasos de su casa empezó a sentirse inquieto. No entendía su nerviosismo. Se entretuvo en el pequeño jardín que precedía al portal. Tomó asiento en el banco y hurgó en la bolsa de la compra. Sacó una cerveza y empezó a tomarla. Se sintió absurdo y ridículo. Decidió entrar. Durante una décima de segundo, mientras volaba por los aires, recordó la nota y supo quién le había asesinado.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

 

El perfil

el perfil

En la penumbra de su habitación, alumbrada por la luz de la pantalla del ordenador, se deshacía en una actividad frenética para contestar a los múltiples mensajes que todos sus admiradores le dejaban. Con la misma ansiedad, cada día actualizaba su perfil con las fotos más sugerentes y exponía, con melosa dedicación, poemas arrastrados a la fuerza y comentarios de un relamido agradecimiento.  Tejía a su alrededor el suficiente misterio para convocar a los caballeros de la soledad y a los aventureros de la apariencia.  Nubes de humo de cigarrillos velaban un paisaje doméstico de noches, sombras y oscuridades que rodeaban la silueta de una mujer devorada por el tiempo. Sobre las profundas arrugas de su rostro, en los vidriosos ojos gastados por los años, se encendía una perversa luz de consuelo y obsesión; mientras que, con amargura, leía los comentarios que los seguidores ponían a las imágenes de aquella mujer, joven y siempre fascinante, que ella enseñaba como propias.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (obra registrada)

La espera

la espera

Al otro lado de la ventana el tiempo transcurría a su velocidad. Sin embargo, dentro se detenía por los pasillos, por las salas de consulta, por los ascensores y los puestos de información. Cuando llegaba a Urgencias, se paralizaba como la muerte. Por un instante se sorprendió rezando. Pidió por Dios que no le ocurriera nada. Esperaba. Siempre esperaba. Hasta donde recordaba había estado esperando. Primero, los niños. Luego, los otros y todos los demás. Y, ahora, a que el médico que atendía a su marido en urgencias le asegurara que todo había quedado en un susto. Se preguntó si alguna vez alguien la estaría esperando a ella. Le invadió un viejo sentimiento de tristeza. Volvió a fijar su mirada tras la ventana y el tiempo, que allí se había convertido en piedra, fuera corría como el viento, mucho más rápido que los automóviles que se perdían a lo lejos por la carretera. Mientras, una vez más, ella seguía esperando.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)