Los Santos y el Diluvio Universal

El diluvio universal

El cielo empieza ya a cubrirse de nubes. Siempre estoy pendiente del cielo, hasta el punto que empiezo a conocerlo o intuirlo, y sé cuando viene en serio o sólo quiere estropear un día de playa.

Recuerdo que en mi pueblo había un hombre que, con la ayuda de ajos, estratégicamente expuestos sobre un plato, decía adivinar el tiempo que iba a hacer.

—Lloverá —afirmaba.

—No lloverá, podéis ir a trabajar.

Entonces ya existían televisión y partes meteorológicos y presentadores que se jugaban el bigote apostando por sus diagnósticos. Lo perdían, a veces, lo mismo que mi paisano, el de los ajos, también perdía alguna vez su reputación.

Pero si alguna enseñanza saqué sobre la diferencia entre el saber vulgar y el científico, ésta se la debo al párroco de mi pueblo. Por entonces estábamos pasando por una temporada de extrema sequía. Los bigotes de los meteorólogos seguían en su sitio y los ajos de mi paisano se secaban sin mejores predicciones. Cuando todo falla, la última instancia es siempre acudir al poder divino. Después de una reunión clandestina, (en la época de la dictadura toda reunión era clandestina, incluso algún entierro), los paisanos decidieron acudir a la iglesia y exponer al cura que la regentaba la idea de sacar a los santos en procesión. El encargado de hablar en nombre de todos fue el Eustaquio, un hombre comprometido y de verbo fluido que fue, además, monaguillo cuando la República. Los niños aprovechábamos nuestra pequeña estatura para estar siempre en la primera fila de los acontecimientos, aún a costa de recoger más de un capón por parte de algún atormentador infantil. Y allí estaba yo, entre el Eustaquio y el señor Cura, en pleno centro de la noticia. El Eustaquio carraspeó antes de empezar a hablar: Mire usted, señor Cura, Don Enrique, (ya dije que era de verbo fluido), le hablo en nombre de todo el Pueblo, menos del Antonio, El Laberintos, que ya sabe usted lo atravesado que es y que no ha querido venir a la reunión, y no por falta de aviso, que hasta tres se le dieron formales y otros cuantos a pie de labranza, que no tengo por qué faltar a la verdad ni que el diablo se ría de mí; pero apartando a ese, las palabras que le voy a decir salen de mi boca, pero no es mi boca la que habla, sino la boca del Pueblo entero y cada una de sus gentes, incluido hasta este zanganillo que nos mira con atención…

 Ahí, he de reconocer, me sentí muy importante cuando, al decir esas palabras, puso su mano sobre mi hombro. El cura se desesperaba por momentos, pero tampoco quería interrumpir. Con un gesto de la cabeza le invitó a que apremiara, pero el Eustaquio, que era de verbo fluido y no muy entendido en gestos, siguió en el mismo tono e idéntica pausa. Y ya, sí, tuvo el señor cura, Don Enrique, que terciar y decidle que por el Santo Cristo de los Clavos Oxidados fuera al grano, que no era cuestión de que les dieran allí las vísperas. Eustaquio volvió a carraspear y de un tirón le espetó:

—Que queremos su permiso para poder sacar a los santos en procesión para ver si pueden interceder ante el Altísimo para que llueva que fíjese en la época en que estamos y aún no ha caído una gota y no hemos podido sembrar y ante esta desesperación uno dijo y por qué no sacamos los santos a la calle para que llueva todo lo que tenga que llover y los otros lo vimos bien y aquí estamos señor cura Don Enrique.

Al Eustaquio casi le tienen que asistir. Noté que desfallecía y, con su mano puesta sobre mi hombro, se dejó caer para recuperar el resuello y me hizo rengar por el peso. El señor cura, Don Enrique, no prestó mayor atención al estado del Eustaquio, pero sí contestó con mucha tranquilidad:

—Vosotros haced lo que queráis, pero no está hoy el día como para llover. Por qué no esperáis unos días a ver si la cosa cambia.

 La gente vio muy prudente el consejo del señor cura, Don Enrique, y todos alabaron lo bien y lo rápido que había hablado el Eustaquio. Fue cuando nos giramos, para volver sobre nuestros pasos, cuando sentí un fuerte capón sobre mi cabeza y al volverme, con la pierna preparada para responder con una patada, me encontré con la negra sotana del cura en la cara. Levanté la vista para verle el rostro y pude oír sin ninguna interferencia:

—Y la próxima vez, niño, te echas para un lado, que es de mala educación escuchar la conversación de los mayores.

            Todo aquel suceso me hizo meditar mucho sobre la ciencia y la religión, el ir y el devenir, los ajos y la meteorología, el verbo fluido y los capones eclesiásticos, las procesiones y los días de lluvia, los santos y el santo del Eustaquio, el perdón de los pecados y el señor cura, Don Enrique. Demasiado para una mente, entonces, tan frágil. No sé yo si aún sigo sufriendo secuelas de todo aquel suceso. Pero, desde entonces, me sentí diferente al resto de niños. Lo supe el día en que explicaban en catequesis el Diluvio Universal. Mi amigo Eduardín preguntó muy interesado al señor cura, Don Enrique, por qué tuvo que llover tanto durante aquellos cuarenta días y cuarenta noches. Y antes de que el cura contestara, me adelanté yo muy seguro:

—Porque ese día sacaron en procesión a todos los santos del mundo.

Me costó hacer la primera comunión un año después. El señor cura, Don Enrique, les aseguró a mis padres que aún no estaba preparado para tan importante evento. A mis padres les valió un disgusto. Creyeron que su hijo era tonto. Luego, lo siguieron pensando, pero ya por otros motivos que no vienen al caso.

Isidoro Irroca

Relatos de andar por casa (Obra registrada)