Historia de una resurrección

historia de una resurrección

No creo en los fantasmas, en las brujas, en los hechiceros o en las historias del más allá, por decir algunas ocurrencias. Creo en los muertos y en su evidente inmovilidad, en el teorema de Pitágoras y en las ecuaciones de segundo grado, por seguir con los ejemplos. Pero, cuando aquella noche, llegaron sobresaltados, procedentes del velatorio del Tío Casimiro, gritando despavoridos y asegurando que el muerto se había levantado del ataúd y había echado a andar, yo no hice más que reírme y pensar que tal vez debían haber aguado más el anís. Sin embargo, la sorpresa mayor fue ver al señor Casiano, hombre de pulcritud intachable y conciencia incólume, con el color de la tez perdida, repitiendo, entre tartamudeos inevitables, la misma e idéntica cantinela. Sospeché entonces, que más que el alcohol, (a don Casiano Villamanrique no se le conoce más vicio que su extremada virtud), debía de tratarse de algo realmente serio.

Como hombre dado a la filosofía rústica, al razonamiento transductivo y al vino que sirven en la taberna del Tío Paquiro, (hombre del todo inaguantable si no fuera porque vende el mejor vino de toda la comarca), comencé a interrogarme con afectación melodramática que qué tiempos eran estos que hasta los muertos se levantan y comienzan a andar. Y en eso estaba cuando apareció mi mujer que, después de conocer la noticia y mis divagaciones, me aconsejó con pasmoso apresuramiento que por qué no iba a casa del muerto y lo comprobaba por mí mismo. Agradecí una vez más su buen juicio y, entrando al zaguán de la casa, alcancé la chaqueta de hilo, pues ya comenzaba a refrescar la madrugada, y me dirigí, con paso firme y el alma abierta, hacía la casa del Tío Casimiro.

Pensar en el misterio de la resurrección, en estos casos, es algo que no carece de comprensible lógica. Más absurdo sería caminar hacia la casa de un muerto, que aseguran ha resucitado, pensando en las inundaciones ocurridas en 1919. Por eso, mientras seguía caminando, con paso firme y el alma abierta, hacia la casa del Tío Casimiro, reflexionaba con que eso de morirse es una cosa muy seria y que la gente, por lo usual, no piensa demasiado, ni recapacita, ni le toma la consideración que merece.

Cuando llegué a la casa, no se veía un alma por la calle. Grité desde la acera para que me oyesen los que pudieran estar dentro, pero no hallé respuesta alguna. Entré, pues la puerta estaba abierta de par en par, y me encontré con las sillas del velatorio desordenadas, caídas algunas sobre el suelo, supuse, que con motivo de la estampida. Pasé al lugar donde estaba instalada la capilla ardiente y allí no encontré más ardor que el de las velas encendidas y el ataúd completamente abierto y vacío.

Decir que no sentí cierto escalofrío sería mentir con descaro, sobre todo cuando escuché un ruido extraño que procedía de la cocina. Quise saber de qué se trataba y, venciendo el  reparo, entré y pude observar, de espalda a mí, la figura de un hombre vestido de negro que movía las manos con celeridad, como si estuviera machacando algo en un mortero. Carraspeé para llamar su atención y al volverse, ¡por los clavos de Cristo!, era el Tío Casimiro.

– Pero, hombre – le dije-, ¿usted no estaba muerto? ¡Qué seriedad es ésta!
– A ver – me explicó un poco alterado- yo estaba dormido, leñes, y me despierto con ganas de tomar gazpacho y, al levantarme y llamar a mi mujer, me doy cuenta de la fiesta que tienen montada en mi casa y cómo sale todo el mundo despavorido nada más verme.
– ¡Pero cómo no van a correr, alma de Dios, si ven levantarse a un muerto!
– ¡Y dale con lo del muerto! Que yo estaba dormido –insistió más calmado. Si hasta mi mujer se ha ido gritando; que al final, ya ves, he decidido preparar el gazpacho yo mismo. Si gustas, añado más agua y ya está.
– Pues la verdad es que a estas horas de la madrugada no es lo que más me apetece. Habrá pasado usted sed en el más allá.

En esa conversación estábamos cuando de repente llegaron el alcalde, el médico, una pareja de la Guardia Civil y don Pascual, el cura del pueblo. Todos entraron con cara de circunstancias  y recelosos y, así que me vieran charlando con el Tío Casimiro, noté menos preocupación en sus rostros.

Debieron haber venido discutiendo por el camino porque nada más llegar, y ver al muerto resucitado, cada uno intentó disponer de él a su conveniencia…  

El alcalde dijo que debía llevarlo a su alcaldía para tramitarle la partida de nacimiento, que no era de recibo –argumentó-, y ni siquiera en los impresos se contemplaba, la posibilidad de registrar a un hombre por resucitado. Y lo más parecido que, a su entender había, era asentarle nueva partida de nacimiento.

El médico, que la tarde antes había certificado su defunción, pretendía con gran insistencia llevárselo a su consulta para estudiarlo y examinarlo porque, sin duda, aquello constituía un caso de auténtica primicia médica, sin antecedentes conocidos hasta entonces.

 La pareja de la Guardia Civil se lo quería llevar preso por delito de escándalo público, asociación indebida y resistencia a la autoridad. Cuando le preguntaron que a qué autoridad se refería, los dos guardias civiles contestaron al unísono que a la autoridad divina, por supuesto. Y aquí fue cuando habló el señor párroco con cierta superioridad y genio diciendo que allí el único representante de la autoridad divina era él y que estaba dispuesto, sin más tardanza, a llevarse al tío Casimiro al Obispado para que lo estudiaran como un posible milagro de San Porfirio, santo y patrón del pueblo.

El tío Casimiro ni se inmutó siquiera. Ajeno a toda aquella discusión, siguió meneando el mortero y preparando su gazpacho con especial esmero. Mientras, las autoridades representativas batallaban en cómo repartírselo y la ley de preferencia que debía seguirse.

  • Primero está el orden religioso -apostillaba el cura con el dedo levantado hacia el cielo.

El alcalde, escudándose en el poder político y su aconfesionalidad, defendió, cada vez con mayor ímpetu y coraje, la necesidad de llevarlo al Registro Civil antes que a ningún otro sitio.

El médico acudió  a la ciencia como justificación e insistió en su interés en el resucitado al que era prioritario hacerle todas las pruebas médicas específicas para intentar aclarar tan insólito suceso.

La Guardia Civil justificó que, en situaciones excepcionales y extremas, y aquella lo era, debería prevalecer el orden militar y que el Tío Casimiro, con su resurrección, había alterado el orden del pueblo e insistieron en que debían llevárselo preso.

Mientras regañaban por quién se lo llevaría primero, al tío Casimiro le dio tiempo de terminar de majar su gazpacho, añadió agua y removió el cuenco hasta darlo por terminado.

– ¿Ustedes gustan? -preguntó a todos con interés.

Nadie le contestó. Yo me atreví a consultarle:

– Tío Casimiro, ¿sabe si ha quedado algo de aguardiente del velatorio?
– Ay, no sé, mira por ahí.

Miré y encontré una botella aún sin empezar, tirada por el suelo. La destapé y la ofrecí al resto de visitantes que aceptaron gustosos. Cogí unas copillas que encontré, las llené y bebimos todos a la par. Se calmaron los ánimos un poco y todos fijamos la vista en el Tío Casimiro que bebía del cuenco, tapado su rostro, como si sufriera un eclipse de cara. Cuando dejó de beber soltó un eructo que nos estremeció a todos.

 – Anda que está este para morirse de nuevo – dijo el médico-. Yo os lo cedo y ya lo auscultaré en otra ocasión.

– Pues si somos nosotros, – dijo la pareja de la Guardia Civil- tampoco tenemos mucho interés en quedarnos sin dormir toda la noche escribiendo el informe. Que se lo lleve, si quiere, el representante del poder divino.

Y don Pascual, el cura, pidió que se  le llenara de nuevo la copa mientras observaba detenidamente al Tío Casimiro, al que le brillaba la barbilla de haberle chorreado el gazpacho por ella.

– ¡Y cómo enseño yo a este hombre como un milagro! – exclamó al tiempo que apuró su segunda copa de un trago.

El alcalde fue el único que se empecinó en su idea, ya se sabe lo empecinados que suelen ser los políticos, y después de quedarse un rato abstraído, le llegó a decir con ocurrente seriedad:

– Mira, Casimiro, asentándote la partida de nacimiento en el día de hoy, serías de la misma quinta que mi hijo. ¿No te parece bien?, ¡haríais la mili juntos!

Celebramos aquella noticia con verdadero entusiasmo y bebimos otra copilla de aguardiente porque, al final, todo se había resuelto de la manera más civilizada posible.

Isidoro Irroca

Anuncios