El poeta lastimero

el poeta lastimero

Se abandonó. Cayó bajo el letargo de la autocompasión. Quiso creer que era el hombre más desdichado de la tierra, que caía sobre él la más terrible maldición divina y que soportaba, como nadie, el designio ineludible de la muerte. Buscó lecturas, música y referentes que potenciaran ese sentimiento de desidia e incuria en el que, al fin, terminó por sentirse cómodo. Quiso sacar partido a ese estado y buscó un lugar solitario donde escribir largos y gemebundos poemas, lamentos desmedidos y melodramáticos suspiros que leía después, con tiesura y melindroso acento, a las damas encarnadas del Ateneo, mientras los maridos, refugiados en la biblioteca, fumaban sus olorosos puros y mecían, con ritual oscilación, el coñac de sus copas.

Las mujeres escuchaban siempre, con signos de asentimiento, las luctuosas elegías del poeta lastimero que, fortalecido por tanta y genuina atención, arreciaba cada vez más el tono y el propósito hasta el punto de acabar dando auténticos alaridos que, hasta llegar a la costumbre, estremecían y alertaban a cualquier extraño a la recitación.

Ganó fama y prestigio aquel poeta de la pena y constantemente era invitado a las fiestas y celebraciones privadas, las que solía cerrar, ovacionado y aplaudido, con sus gritos desmedidos y sus versos lacrimosos. Todo parecía sonreírle. Bajo la protección de la esposa del Presidente de la Cámara de Comercio, comenzó a visitar las casas de familias de la alta burguesía y la baja aristocracia y, muy pronto, se discutían su presencia en cualquier celebración o gala.

En una de estas fiestas tropezó el poeta al fin con su ineludible destino y, cuando gritaba su poema más solicitado y recitaba aquellos versos, tantas veces repetidos:

Mi negro anhelo es la muerte

que visita mi calle cada día…

Una voz, desde el fondo de la sala, le interrumpió con audible claridad:

También la visita el panadero

y, ya ves, es motivo de alegría.

Las carcajadas por la ocurrencia fueron tan exageradas que alertaron a los ausentes que no tardaron en incorporarse y, una vez enterados de lo sucedido, se sumaron a las risas y a la algarabía. El poeta se fue consternado y triste de veras, lloroso y apesadumbrado, confuso y desconcertado y nunca más, que se supiera, volvió a escribir, y menos a recitar, poemas de la triste pena.

 

Isidoro Irroca

Relatos de andar por casa (Obra registrada)

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