Diario desde las nubes (Cap. 7)

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Dos sucesos han coronado el día de hoy. Uno, he descubierto al que sustrajo las botellas de licor de arco iris. Dos, he visitado el infierno y he dado la conferencia sobre el euro, en la sala roja.

Pero no adelantemos los acontecimientos. Después de la noche tormentosa y atormentada me levanté como nuevo, con el ímpetu renovado de dar un nuevo giro a mi vida. Esto me ha ocurrido otras veces, también en la tierra, por lo que tampoco me pilló de sorpresa. Lo primero fue plantearme que así no podía seguir. Lo segundo, que había que hacer algo. Lo tercero, que qué hacer. Lo cuarto, que no debía perder un minuto siquiera. Lo quinto, que debía llenar mi vida de contenido. Lo sexto, que la vida no tenía continente. Lo séptimo, que si la vida no tiene continente eso nos da libertad para darle la forma que queramos. Lo octavo, que si eso es así el continente depende del contenido con que se llene. Lo noveno, que hay que elegir bien el contenido para obtener un buen continente. Lo décimo, que así no podía seguir. Lo undécimo, que sin duda había que hacer algo. Lo duodécimo, que ya me estaba repitiendo de nuevo.

Llenar la vida de contenido puede resultar comprometido y harto difícil; pero hacerlo en una pequeña nube, sin apenas nadie, es casi imposible. Por otra parte, siempre que decidimos llenar nuestra vida de contenido partimos de las mismas  y angustiosas premisas:

a, Que parece que el contenido debe venirnos de fuera.

b, La creencia de que nosotros no nos bastamos solos para conseguirlo.

c, Que nuestro compromiso no es factible si no viene impuesto desde el exterior.

d, Que el miedo al fracaso nos deja parapléjicos.

Y así podría continuar hasta llegar a la zeta y empezar de nuevo. Pero no es cuestión de teorizar más. Así que, cuando a lo lejos vi que se acercaba el demonio sonriente, acepté su invitación a la conferencia antes de que él me la recordara.

—Muy bien, esta misma tarde si le parece bien.

El demonio era algo singular, lo mismo te tuteaba que te hablaba de usted. Yo tampoco quería desentonar y hacía lo propio.

—De acuerdo, esta misma tarde me pasaré por tus dominios, si le parece.

—Verás, no son mis dominios, en el infierno impera una verdadera democracia. Ya lo verás.

—Si usted lo dice  —le respondí con dejadez.

—Ya verá cuando venga a dar su conferencia —insistió.

—Tú también estarás, ¿verdad?

—Por nada del mundo me la perdería, yo te haré la presentación. Además, desde su última visita, se ha creado cierta expectación sobre usted.

—¡Qué bien!, no sabe cuánto me alegro.

Quedamos por la tarde, pero todavía tenía tiempo de adecentar mi nube. En la tormenta le había caído, sobre el rosáceo color, unas negruras espesas de gota fría. En eso estaba cuando se acercó el alma errante.

            Saludó con mucha amabilidad. Me dijo que no estaba enfadado conmigo y que pelillos a la mar.

            No entendí nada, pero la intuición de un hombre, a veces, es asombrosa. Incluso, más que su intuición, es su capacidad de raciocinio. La disposición de discernir, de inducir, desde lo particular y concreto a lo general y abstracto es algo que, aparte de algunos hombres, ningún animal hace. Deducir, desde la ley y lo universal, a lo puramente particular y concreto es algo que, aparte de los anteriores hombres, casi nadie más hace. Quiero ilustrarlo con un ejemplo.

—¿Tú me has robado las botellas que tenía aquí guardadas de licor de arco iris? —le pregunté de inmediato.

A lo que Animator me contestó con un sí rotundo.

Como hombre racional que soy saqué las siguientes conclusiones inductivas:

a, Ha contestado afirmativamente a mi pregunta.

b, Decir sí a mi pregunta implica conciencia de hecho.

c, La conciencia de hecho conlleva responsabilidad total.

d, La responsabilidad denota alevosía y cierta premeditación.

e, Que a su vez entraña causas desencadenantes de efectos.

f, Y que me llevan a la inequívoca conclusión de que el insensato éste me ha robado a conciencia las botellas.

Y también las siguientes cuestiones deductivas:

a, Este majadero me ha robado las botellas.

b, ¿Qué razones han podido llevarle a ello?

c, ¿Pueden justificarse en el caso de haber actuado con conciencia de hecho?

d, ¿Qué atenuantes restarían responsabilidad  a su reprobable conducta?

e, ¿Ha dicho sí por decir algo?

f, Ha contestado afirmativamente a mi pregunta pero, ¿ha entendido mi pregunta?

A veces, también, me sale la parte animal que llevo dentro y agarrándolo por el cuello (el cuello de un alma errante es algo viscoso) le dije que por lo que más quisiera me devolviera las botellas o no lo soltaría hasta el día del juicio final. Me devolvió cinco. Una se la había bebido con otra alma errante que había conocido en la fiesta de las puertas del cielo.

Escondí las botellas con mayor atención y reparé en que la tarde acechaba ya por el horizonte extendiendo su estela de oro. Se acercaba la hora de la conferencia y aún no me había preparado nada.

Isidoro Irroca

Diario desde las nubes ( Obra registrada)