Diario desde las nubes (Cap. 6)

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 Hoy, por primera vez en las nubes, he estado solo. No he hablado siquiera para no romper el infinito silencio que me invadía. Por primera vez en mi vida no he pensado en nada. Y se trata de una sensación exquisita, de un letargo necesario. Por vez primera me ha mordido la soledad sin herirme, por primera vez me ha seducido y me he alegrado de no necesitar a nadie.

Desde las nubes, desde su húmedo silencio, con la única melodía del recuerdo, he viajado con el viento, he contemplado horizontes que no he reconocido por no haberlos soñado siquiera, he observado las constelaciones y su infinitud en el espacio, esa inmensidad que ha explotado en mi pecho y me ha abierto hasta el último rincón del alma. Hoy me he sentido inmenso por verme tan minúsculo.  Todo es pequeño aquí, hasta la muerte.

En días pasados estuve tentado de bajar para siempre. Hasta a un hombre que vive en las nubes lo llaman sus recuerdos. Animator suele pasearse por la tierra. Trae chismes y trae mentiras, noticias y simplezas que mezcla como si de un viviente se tratara. Me habla de la guerra al mismo tiempo que me cuenta los resultados de fútbol o me comenta del último novio de la famosa de turno. Tanta es su inconsciencia que, cuando ve a las almas subir quemadas y tristes, o desorientadas, él les da una bienvenida que asusta aún más.

—Tranquilos —les dice— que ahora empieza lo peor.

Y luego se ríe con esa risa traslúcida de los fantasmas tontuelos. Se vuelve hacia mí y me confiesa que siempre le gustaron las novatadas y comienza a hablarme de su servicio militar. ¿Se puede asesinar a un alma en pena? Lo pregunté a la deidad anónima. Suele venir muy a menudo a visitarme, a traerme maná y a decirme muy en silencio que no se vayan a enterar los Arcángeles. Yo la tranquilizo siempre. Pero no, no se puede matar a quien ya está muerto; y tampoco debo preocuparme por él. Animator no hiere a nadie aquí. No puede hacerlo. Debería aprender más de este espacio, también yo me siento perdido y como alma en pena. Y recuerdo las calles de las ciudades, el sonido descompasado de miles de pasos, sus luces nocturnas, las estrellas muertas y la luna amarilla. El destino del hombre es volver a su principio; y al final, en este espacio, se confunden los sueños y los miedos, lo que quise ser y mis recuerdos. Y todo, bajo una cortina de lluvia que redime, bajo el ímpetu renovado de la vieja esperanza.

Grité a las almas que pasaban, a los muertos que se dirigían al descanso eterno, con todas mis fuerzas:

    —Sobre vuestra sangre renacerá el hombre nuevo. El pecado original del hombre es arrastrar la sangre de todos los que le precedieron. Nuestro pecado es cerrar los ojos siempre. Estar ciegos y sordos. Nuestro pecado original es el miedo.

Luego, el llanto interrumpió mi grito y deseé sentir, como nunca, una mano sobre mi hombro.

Isidoro Irroca

Diario desde las nubes (Obra registrada)

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