Diario desde las nubes (Cap. 4)

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Escribo desde la noche. Veo a lo lejos las hirientes luces parpadear de las ciudades y los destellos amarillos, inquietos, de los automóviles. Desde esta perspectiva todo es distinto. Quisiera imaginar cómo se ve al hombre desde el cielo más alto. Porque, desde más arriba, estoy seguro, todo debe verse sin límites ni contornos y los hombres, así, formando parte de un todo.

Hoy, además, es fiesta en las puertas del cielo. Corre poniente y hasta aquí llega una música más terrenal que divina y que responde, según me explicó el alma errante, a una velada prevista para entretener a las almas que llegan, a oleadas llenas, de la tierra. Él estaba invitado. Tanto insistió que tuvieron que admitirlo; eso sí, con un pase especial de difunto en pena.

No sé muy bien cuál es el motivo por el que Animator (así he bautizado al alma errante) no encuentra descanso eterno en la gloria o tormento definitivo en el infierno. En ningún sitio lo quieren de veras. Él suele afirmar que el demonio le hace serias ofertas, pero yo sé que el diablo se lo quita de encima en cuanto puede. También acude cada día a las puertas del cielo y regresa siempre con el mismo resultado. Me he formado mi opinión al respecto. Animator, ni es bueno ni es malo, ni tiene pretensiones ni decisión. Se trata de un ser molesto, por pesado; de estúpido, por simple; de inaguantable, por puro egoísta básico. En confidencia, el mismo Satanás me llegó a confesar que si se lo llevaba  al infierno, temía que éste quedara desierto en poco más de un suspiro. No hay paciencia que lo aguante —terminó por añadir.

En la gloria eran de idéntica opinión pero allí, más benévolos, le consentían alguna que otra licencia. Todos aseguraban, o mantenían las esperanzas de que, con el tiempo, maduraría  para  terminar eligiendo pertenecer a un lugar u otro.

Esta mañana llegó muy temprano. Se hizo el ofendido y, como no le prestara ninguna atención, me habló con cierto desdén:

 —¿No me vas a preguntar por qué estoy molesto?

—No —contesté tajante.

—¿Ni siquiera por curiosidad?

—No —volví a repetir.

—Me da igual mortal venido a menos.

No me enfadé siquiera. Ya he dicho que nunca me molesto antes del desayuno, pero sí lo miré con cierto desafío. Un alma errante, y más si es tan simple, no  suele apreciar esos matices, por lo que siguió en su mismo tono de provocación.

—Pues que sepas que esta noche estoy invitado a la gran velada en las puertas del cielo. ¿Acaso te han invitado a ti?

—No –le dije.

—No, no, no…, ¿no sabes decir otra cosa?

—Sí, cuando procede —le respondí.

Un alma inteligente hubiese aprovechado el diálogo para disertar sobre el comportamiento asertivo, sobre la necesidad de decir No sin que te sientas culpable por ello, o de decir Sí, si realmente procede y quieres. Incluso un alma, dada a planteamientos psicológicos, hubiese explicado el hecho generalizado de error cognitivo a colación del absurdo de tener que responder siempre Sí por miedo de herir al peticionario. Todas cuestiones loables de raciocinio y transcendencia. Pero Animator tuvo que salirse por el camino más fácil.

—Pues ahora procede que yo te mande a la mierda.

Lo dijo, y se volatizó.

Comportamientos así no me llegan a sorprender del todo. Así que no eché más cuentas y continué con el siguiente orden del día: 

  1. Levantarme y no enfadarme hasta desayunar.
  2. Charla con Animator.
  3. Preparar el desayuno.
  4. No encontrar nada para desayunar.
  5. Conclusión positiva: Hoy es imposible el enfado.
  6. Visita de la deidad anónima.
  7. Regalo de dos kilos de maná.
  8. Mi agradecimiento sincero.
  9. A mandar, pero que no se enteren los arcángeles.
  10. No te preocupes y vuelve cuando quieras.
  11. Sabemos que guardas aún algunas botellas de licor.
  12. Lo que no sepáis vosotros.
  13. Despedida de la deidad.
  14. ¡Qué rico está el Maná y lo que alimenta!
  15. La caída del sol me hace estremecer.

 

Isidoro Irroca

Diario desde las nubes (Obra registrada)

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