Diario desde las nubes (Cap. 3)

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 Hoy, al despertarme, justo en el momento de abrir los ojos, me topé sobresaltado con la silueta blanquecina del alma errante. Había tenido una idea y quería compartirla conmigo, Es más —me dijo con énfasis— quiero que seamos socios. Ante mi mirada, ajena a todo interés, él continuó: Yo tengo que ser el encargado. Hasta tengo el nombre buscado, Estación de Servicio El Crepúsculo. Lo repitió varias veces con voz hueca y grave de presentador radiofónico. Habló también de luces de neón y hasta de almas de alterne. No me alarmé, no suelo hacerlo nunca antes del desayuno. Pero cuando supe a lo que se refería, le advertí: Si lo que pretendes es montar aquí una estación de servicio para almas en tránsito, con todo eso que dices, nos vamos a echar en contra a la gloria y hasta al propio infierno, y tampoco es necesario crearnos tantos y tan poderosos enemigos.

El alma errante es algo simple, no duerme y tiene mucho tiempo para pensar, pero casi nunca lo hace con acierto. Terminé por desatenderle a él y a su idea, al fin y al cabo vine para buscar retiro y no para encontrar más complicaciones.

 Al rato llegó un querubín con otro ser deífico que no reconocí, portando unos papeles y unos planos que me ofreció nada más verme. Ante mi sorpresa me explicó que lo sabían todo y no precisamente por revelación divina, sino porque el alma errante estuvo muy latoso durante toda la noche con los dichosos planos de la estación de servicio, y que habían hablado con algunos arcángeles para que aceleraran los trámites de los permisos. Le expliqué que la idea no había sido mía y que no tenía ningún interés en ello. ¡Lástima!, me contestó, hubiese traído algo de diversión a estas alturas.

No supe qué ofrecerles, pero enseguida tomaron asiento como si esperaran algo.

—¿Y por el cielo, qué tal? —pregunté con el único ánimo de dar conversación.

— Uf, un lío, tenemos mucho trabajo. Ayer llegó uno de Afganistán…

—Lo vi pasar por aquí —interrumpí—, ¿el que se murió de una mala digestión?

—El mismo. Pues verás, coincidió allí con algunos que todavía esperaban, de los que murieron en las torres gemelas, y no veas la gresca que se armó. Hasta el Portero Mayor tuvo que intervenir.

—¿Se querrían matar, supongo?

—Ya ves, la tontería, más muertos no pueden estar. Luego la emprendieron con nosotros y nos pidieron el libro de reclamaciones y hasta hablar con el propio Dios. Bueno, el afgano decía que con Dios ni hablar, él con Alá y, a no ser posible, con Mahoma, su único profeta.

 —Natural –le respondí yo.

—Pues no veas la cara de sorpresa que pusieron todos cuando comprendieron que Dios era Alá y Alá, Dios; que no había más paraíso que el que iban a ver y que allí disfrutarían de él todos juntos.

—¿Y qué ocurre con los que no aceptan esa realidad? Después de tantos años pensando que su dios y su religión es la única verdadera, cuesta ahora resignarse a la idea de que lleguen, incluso a morir, por una misma causa.

—Eso es cierto —afirmó la otra deidad— pero para todo hay solución aquí.

—¿Y cuál es? —pregunté intrigado.

—Quien no acepta eso, tiene la posibilidad de pedir su ingreso voluntario en el infierno; lo mismo que suelen hacer los que han tenido y abusado de  poder en la tierra, o de riquezas o han ejercitado el mal cuanto han podido.

—¿Quieres decir que a nadie se manda obligatoriamente al infierno? —pregunté extrañado.

—Exacto.

—¿Qué todos los que están en el infierno lo eligen por propia voluntad? –volví a insistir.

—Claro, no pueden soportar ser iguales a todos los demás en el paraíso. Quien ha tenido poder quiere tenerlo aquí también y eso es imposible; quien ha disfrutado de riquezas y bienes, aquí no sabe disfrutar del bien común, de la felicidad común que la gloria ofrece. Y acaban yéndose al infierno donde le alimentan continuamente la esperanza de recuperar lo que perdieron en la tierra.

Debo confesar que me quedé sorprendido, que incluso recordé mis clases de catequesis. Pues sí que andan acertados ahí abajo, pensé. Casi sin darme cuenta hurgué por entre los pliegues de la nube y saqué una botella de licor de arco iris.

—Menos mal —exclamaron— creíamos que no lo ibas a sacar nunca.

Isidoro Irroca

Diario desde las nubes (Obra registrada)