Diario desde las nubes (Cap. 1)

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Sé que estoy en las nubes. Desde aquí contemplo al hombre debatirse en la nada, le veo como corre sorteando a otros hombres, con prisas y con educación amañada. Le presiento solo y angustiado, débil y agresivo; y lo observo silencioso, como si hubiera poco que hacer por él.

A veces viene el Demonio a tentarme: Si de verdad quieres saber cómo es el hombre, vente al infierno —me dice. Y voy, no me gusta rechazar ninguna invitación. Por educación asisto y observo. Luego, cuando me canso, me despido y regreso a mi nube. Entiende que le tenga simpatía y me insiste, con cierto énfasis, con aquello de que hay que tener amigos hasta en el infierno. Mi maestro decía que allí es donde hay que procurar tenerlos siempre, pues más tarde o temprano terminamos todos por pasar por él.

Otras, me tientan los ángeles bondadosos y me dicen:

—¿Quieres ver cómo debería ser el hombre?

No cambio mi educación por nada ni nadie y acudo a la gloria o al cielo más alto y observo cómo debería ser el hombre. También termino por cansarme, y le pido permiso al ángel de guardia y me vuelvo para mi nube. Siempre suelo ser educado, incluso con los querubines, que me desesperan con sus corrientes aladas. Les digo, id a joder a otra parte. Y ellos lo hacen.

Me gusta seguir aún en mi nube, aunque últimamente ando mal de la espalda. Se lo dije al doctor…, bueno, aún no es doctor. Es un alma errante que no encuentra descanso y que a veces pasa por aquí. Yo le saludo cortés y él me responde del mismo modo. Luego hablamos de la eternidad y de lo cara que se está poniendo la vida. Él, como es medio muerto y medio vivo, a todo hace. Siempre acaba preguntándome si me ha tentado el demonio. Le contesto que no.

—A mí no me deja en paz —me dice—, pero es que las ofertas que me hace son muy malas y, encima, a un interés variable.

El alma errante es algo tontorrón, pero estudió primeros auxilios y me suele recetar para mis males. No es que le tenga demasiado cariño, la verdad sea dicha, pero me divierte verlo pasar y decir que anda amargado y que además no puede suicidarse. Me gusta consolarle diciéndole que tenga paciencia, que tiene toda la eternidad por delante.

Estoy decidido a quedarme en mi nube, en estas nubes rosadas, dónde llega la música celestial si el aire que corre es de poniente. Y, desde tan alto, al hombre se le ve tan pequeño, que aún parece más indefenso. 

Isidoro Irroca

Diario desde las nubes Cap. 1 (Obra registrada)