Breverías

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La vejez

Los años dejaron, sobre su piel, heridas como ríos, acantilados, valles desnudos, atajos imposibles y una flacidez decadente que ralentizaba los movimientos y los convertía en torpes. Las cuchilladas del reloj se descolgaban en sones mortíferos y el péndulo se deslizaba en un compás infinito, como si marcara la propia vida en la sombría habitación adornada de recuerdos. Fijó sus ojos en un tiempo impreciso y miró con el gesto abatido de haber gastado ya su vida, como si, en cualquier momento, estuviera dispuesto a dormir su último sueño.

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Generosidad

Cuando supo que todo estaba perdido, que no le quedaba ni siquiera la respiración, abrió su pecho dejando sus entrañas al descubierto. Permitió que comieran de ellas, hasta saciarse, los buitres y los cuervos. Y al final solo dejaron, sobre la tierra desnuda, su corazón cuando advirtieron que aún seguía vivo.

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Fronteras

Derribaron puentes y cortaron caminos, construyeron muros y minaron los campos, llenaron los espacios de fieras y serpientes venenosas, sembraron de miedo las fronteras, destruyeron las playas y abrieron abismos para que nadie entrara ni saliera por miedo a la muerte. Al cabo de los años, a los hombres libres, les crecieron alas.

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El caminante

Dejó la casa y el hogar, todo lo que supusiera bienestar y acomodo, y se calzó las botas del camino y bebió del agua del sudor. Avanzó y vagó por los desiertos del olvido y por los anchos mares de la soledad. Aprendió lo poco que cuesta desprenderse del ropaje y se creció, en cada tarde, contemplando los preámbulos de la noche en los infinitos atardeceres del ocaso. Recordó cuando fue la última vez que, de repente, sintió la mordida cruel del dolor y del miedo, aquella vez que, con su mirada, traspasó los límites del tiempo y del espacio, la vez que comprendió que su vida no era su destino y se hizo dueño para siempre de la dirección y de sus pasos. Jamás miró atrás, jamás se reprochó nada, nunca culpó a nadie y encontró la felicidad que, dicen, tienen los hombres que saben olvidarse.

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El Obispo de Arganta

Nereo Prados comenzó siendo monaguillo en la iglesia de su pueblo y llegó, con el tiempo, a ser Obispo de Arganta. Cuando Nereo visitaba a sus paisanos por las vacaciones estivales no faltaba nunca quien le dijera:

­–¿Quién te iba a decir a ti, Nereo, cuando empezaste de monaguillo, que ibas a llegar tan lejos? ¿A que tú tampoco lo imaginabas?

Nereo, que respondía siempre con comprensiva sonrisa, sabía de antemano que bajo la complejidad humana se agazapa irreductible el atrevimiento de la ignorancia y terminaba, dibujando magistralmente la cruz en el aire, por bendecir al preguntón de turno.

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Muerte

Hubo un silencio previo, un silencio quieto que precedió al último estertor, donde se paró el tiempo y su vida pasó de despedida, deteniéndose en los acontecimientos más importantes, en todos aquellos que le dejaron cicatrices y señales. Luego vio la luz inmensa de un camino y cruzó el umbral que le separaba del dolor de la vida.

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Juan Pertrechos

Juan Pertrechos era pobre hasta de pensamiento, y supo sentirse muy orgulloso de su indigencia. Fundó la Asociación de Pobres (AP), la Asociación de Más Pobres Todavía (AMPT) y la Asociación Imposible Haberlos Más Pobres (AIHMP). Se le truncó el destino y el sentido de su vida cuando le tocó el primer premio de la lotería primitiva.

—También es mala suerte —declaró al enterarse.

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La pobreza

Todo se perdona menos la pobreza. Se lo repetía con un orgullo amargo como si, al decirlo, pudiese precipitar una solución o caer definitivamente bajo su sentencia. De nada valía seguir compadeciéndose. Ya pasó el tiempo del lamento y de la vergüenza. Cogió el cuchillo y se lo enredó bajo la falda. Salió con arranque, jurando que esa noche cenarían sus hijos. Se apostó en la esquina de la humillación y no tardaron en asaltarle otras mujeres con amenazas e insultos. Enseñó el cuchillo y los dientes. Hasta los chulos sintieron el escalofrío frente al desespero y su arrojo. Se apartaron todos y, a lo lejos, se aproximaba el primer cliente de la noche.

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Uxoricidio

Adivinó la embriaguez en sus ojos. Y tal vez hubiese presagiado sus intenciones en ellos si el resplandor de la chimenea no los hubiera enturbiado, ocultando así el brillo asesino. Cuando quiso darse cuenta, apenas unos segundos, tras el golpe cobarde y brutal, ya se estaba desplomando, sangrante, sobre el suelo de piedra de la cocina.

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El sacerdote

Cada domingo acudían a la misa de aquel cura que volcaba su alma en ella. Aquella dramatización extrema alcanzaba su clímax más profundo cuando, extasiado, levantaba su mirada y el cáliz hacia el cielo. Entonces, al contemplar las telarañas del techo, sin perder un ápice de compostura, pensó: “Que no se me olvide decirle al sacristán que tiene que limpiar más a fondo”.

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La señal

Desesperado, pidió a Dios una señal. Como entendía que no le llegaba, volvió a insistir con mayor vehemencia. Esperó mirando al cielo hasta que, cansado, desistió finalmente. Cuando volvió a su casa se encontró a su mujer con otro hombre en la cama. Entonces, levantó sus ojos al cielo con gratitud infinita.

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El fugitivo

Ya no le quedaba ningún lugar dónde esconderse. De todos salió huyendo al ser descubierto. En la taberna, apurando un güisqui, pensaba en una última y definitiva solución. Mientras, a su lado, una mujer lloraba desconsolada por la reciente muerte de su marido. Fue en ese momento cuando se le ocurrió la idea: se haría el muerto el resto de su vida.

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El adivino

Aquel hombre podía adivinar el futuro de cualquiera observando solo su iris. Aquella mañana, en su consulta, ya había visitado a varios clientes y dio paso, al fin, al último. Lo acomodó en la silla. Y, cuando le ordenó que abriera los ojos, supo que le asesinaría allí mismo.

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El suicidio

Lo preparó con especial esmero. Papel y tinta, una estilográfica de plumín afilado, cortante como una hoja de afeitar. Todo reposaba sobre la mesa con una disposición de ritual. Cogió la pluma y la hundió en la noche del tintero. Comenzó a escribir, al tiempo que se desangraba el alma.

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El asesino

Lo reconocieron en el depósito de cadáveres. Era él. Sin lugar a dudas. Podían ya dormir tranquilos. Daban por acabada una etapa criminal sin precedentes en el país. La policía también respiró aliviada, por fin. Todo parecía perfecto. Hasta que el sacerdote, en el funeral, les habló de la resurrección de los muertos.

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El contador de estrellas

Juan Cigarrón no tenía más inquietud que contar estrellas. Cada noche se tumbaba en su hamaca y comenzaba a contarlas hasta que le sorprendía el sueño.

—Anoche llegué hasta las mil quinientas veinte —relataba con orgullo al día siguiente.

Otras veces decía con menos entusiasmo:

—Anoche no pasé de las ciento cincuenta. Estaba muy cansado.

La noche que el cielo aparecía cubierto de nubes, Juan Cigarrón se sentía el hombre más triste del mundo. No dormía en toda la noche, siempre con la esperanza puesta en que, un claro de nube, le permitiera contar al menos una estrella.

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El dictador

Bastó  la orden de un solo hombre  y millones murieron, miles se cargaron de heridas y el resto vivió con el miedo en el alma para siempre.

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La vendedora de sueños

Felipa Orqueda vendía sueños en la plaza de abastos, junto a un puesto de verduras y otro de carne de cerdo. Tuvo que cerrar el negocio porque le comían los impuestos y apenas si vendía un sueño o dos al día.

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El sabio y el cojo

“El camino siempre se hace largo cuando no se tiene idea de a dónde ir”. Eso le dijo un  sabio a un cojo. Y el cojo lo miró con decepción.

Pues no parece tan sabio —pensó.

Pues no parece tan cojo —musitó el sabio.

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El espejo del tiempo

Me llamará un día la tierra, las raíces, las aguas que alimentan las entrañas, el mundo del subsuelo y sus secretos, me llamarán a voces los ecos y las brisas, cada amanecer me despertará la agonía de la noche, en cada nuevo día se abrirá la herida de la vida, en cada oportunidad que tenga diré tu nombre por el mío y todo, cada palabra que diga o escriba, la pondré frente al espejo del tiempo, todo, incluso los silencios.

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Libertad

Dejaron los relojes escondidos para mantener atrapado el tiempo y rompieron las presas, los cercados y las fronteras. Después, liberaron todo lo que estaba cautivo y terminaron por arrancarse el corazón para echarlo al viento.

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Profecía

En una mano sostenía el puñal. En la otra sujetaba un libro de pastas viejas y título dorado. Elevó la mirada al cielo e invocó a las almas perdidas de la noche: “vuestras vidas no se abandonarán por los rincones de la historia, con sangre se escribirá, si se precisa, cada tormento de viento y arena, cada fruto hecho y el ayer que fuimos. Todo se mostrará frente al espejo que os cubre, para que pueda contemplarse con claridad la cara oculta de vuestras almas”.

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Los ángeles de la esperanza

No se derribaron las paredes del llanto, ni en sus muros se pintaron las palabras del silencio. Cuando todo parecía acabo, resurgía la vida en los lugares más insospechados, como si a cada tregua que diera la muerte, la existencia quisiera perpetuarse en los lagos y en los bosques. La única mujer que quedaba sobre la tierra, en un alarde agónico y sin anhelo, se contempló por un instante en los espejos del agua y así vio que, a sus espaldas, aún le custodiaban los ángeles de la esperanza.

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La guerra

En el amanecer del alma se forjaron a fuego espadas y cuchillos. Banderas y estandartes se desplegaron al viento gélido del invierno y los hombres pisaron la tierra con paso firme y odio de muerte. ¡Es la guerra! –gritaron. Y secuestraron a los campesinos al pie de sus labranzas, y retiraron al estudioso de sus libros, y mataron a los poetas que sabían indomables…Y cuando los vencedores se alzaron sobre la sangre de los caídos, no sabían que ya no había nadie que diera a la vida sentido, y no les quedó más remedio que matarse entre ellos mismos.

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Los habitantes de la noche

En el silencio de las calles, donde las pisadas resuenan como disparos, se deslizan los personajes de la noche. Con sigilo, ocupan sus lugares en un inmenso escenario donde se desdoblan, viven y mueren. Allí cantan sus miserias, viven sus sueños o lloran por los callejones de la soledad. También habitan fantasmas y almas extraviadas que no encuentran la paz, moribundos de la desesperación, tiranos del egoísmo, alcohólicos del sinsentido y de la autodestrucción… Toda la humanidad tiene cabida en un solo punto, hasta que explota, como un Big Bang, expandiéndose hasta el infinito. Y todos esos mundos caben en un espejo.

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La ciudad escondida

Cuando cayeron las murallas, la ciudad tuvo que abrirse al mundo por fuerza. Allí, los hijos de la historia cotidiana, los mutilados, los anónimos del porvenir, los tristes de las calles, se vieron expuestos a la intemperie de las miradas. Huyeron todos al otro confín de la tierra y construyeron una nueva ciudad y, esta vez, la rodearon de muros de espejos. Así fue como se resguardaron del mundo y su mirada.

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Solo el viento

Elevarás tus profundos ojos al cielo de la noche y la oscuridad no te alcanzará, sonreirás y las estrellas no podrán eclipsarte, solo el viento se hundirá en la negritud de tu cabello, solo el viento jugará a desnudar tu hermoso rostro, solo el viento se atreverá a tocarte.

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Tradición

Para evitar que vieran el mal, de recién nacidos, les sacaban los ojos y los dejaban ciegos. Solo se libraban de ello quienes estaban destinados a ser los cirujanos.

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Los inmortales

Los hombres vivían en los soportales de la muerte para perderle el miedo a la vida. Eran educados en la certeza indiscutible de que, en cualquier momento, la vida se podía quebrar como una frágil rama; que, más que en la fortaleza, se instruía en la intensidad de los sentimientos y que, más que el porvenir, importaba la inmediatez de los momentos. La muerte se asumía con tanta naturalidad que llegaron a vivir como si fuesen completamente inmortales.

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