¡Ay, Satur!

Carteros ay satur

Ya me ves aquí, Saturnino, escribiéndote una carta (¡con lo harto que habrás terminado tú de cartas!); y lo peor de todo, es que te la estoy escribiendo mientras yaces muerto a mi lado, ahí en la caja, tan repeinado como te han puesto los de la funeraria, y con ese bigotito afilado que quizás nadie sabía atusarse con tanto esmero. No te vayas a pensar que me he vuelto una médium de esas que invocan a los espíritus. Pero me cuesta creer que te hayas muerto, así, tan de repente.

 ¡Ay, Satur!, con lo bien que hubiésemos podido estar. Tú, a punto de jubilarte, después de tantos años de servicio, después de haber recorrido miles de kilómetros repartiendo cartas y giros, acudiendo cada día a tu puesto de trabajo con aquel uniforme impecable… ¡qué mira que te gustaba ponerte el uniforme! A mí ya terminabas por cansarme, leche, con tanta manía. Que si había una reunión de la comunidad de vecinos, allá que te lo encasquetabas, con gorra incluida, y te presentabas tan pancho; que si una misa, un acto o la visita a un enfermo, tú siempre acudías con tu uniforme gris de cartero, saludando, muy amablemente, llevándote la mano a la gorra. Tuve que encargar uno al sastre y pagarlo de mis ahorrillos, porque Correos no daba más que uno y ese no aguantaba tanta embestida.

¡Qué tiempos aquellos!, ¿recuerdas? Quizás entonces éramos más felices; y no como se empeña siempre en explicarme la pelma de la vecina cuando me lo oye decir: “más felices no sé, pero sin duda sí más jóvenes”. Acabáramos con la tontería. Encima se creerá ingeniosa. Éramos más felices porque nos conformábamos con muchísimo menos. Tú, sólo con tener tu uniforme siempre a punto; que no sé yo de dónde te vino a ti ese amor por los uniformes. De tu abuelo Idelfonso, supongo, que fue el único de la familia que vistió uniforme cuando sirvió en la guerra de África, ya sabes, que lo dieron por desaparecido y a los pocos años por muerto, y justo cuando tu abuela comenzó a cobrar la paga de viudedad, se presentó el buen hombre diciendo que se había perdido por el desierto porque allí no había caminos ni señales. Tu abuela cogió tal rebote que ni saludarle siquiera. Sólo le dijo: “Oye, ¿tú no estás muerto?, pues al hoyo o a África”. Se quedó de dicho en el pueblo y todavía lo repiten incluso los que ignoran la historia. Al hoyo o a África. Tú, Saturnino, irás hoy al hoyo, a ver qué se le va hacer. Sería una tontería mandarte para África ahora que los de allí se empeñan en venirse todos para acá.

 Algunos compañeros tuyos han venido a darme el pésame y a despedirse de ti. El Fausti, muy cariacontecido, me ha dado las condolencias y una corona que te han comprado entre todos los amigos, muy bonita, con una cinta azul y letras blancas que dice: “Al Satur, que fue un compañero cojonudo”.  La leyenda la dictó el Fausti que ya sabes tiene esas caídas. Quien ha venido, también, es ese jefe tuyo tan remilgado y de cara avinagrada. Muy serio, me ha dicho que él, personalmente, te va a designar para la medalla al mérito postal a título póstumo. Yo no sé qué clase de título será ese pero, ¡para lo que te va a servir  a ti después de muerto! Así que le he dicho que se la dé al Fausti que seguro le hará más ilusión.

¡Ay, Satur!, que no somos nadie. Tú, tan preocupado siempre por el cuerpo de Correos. Ya  presentías que las cosas no empezaban a ir bien cuando cada cual repartía con la ropa que le daba la gana. Tú protestabas airado diciendo que aquello parecía el ejército de Pancho Villa, que debió de ser un señor bastante descuidado cuando tú tanto lo nombrabas. ¿Recuerdas aquel año de la huelga?  Todos los carteros llevabais más de quince días de huelga y cada día se te veía más triste y preocupado. Un día, desde la ventana, te vi llegar. Venías que apenas plantabas los pies sobre el suelo. Yo, enseguida, pensé que habíais conseguido que os aumentara el sueldo; pero, quiá. Lo que hizo el Gobierno fue militarizar a todo el cuerpo de Correos para obligaros a poner fin a la huelga; y a cambio, os dio el nombramiento de cabo del ejército a todos los carteros. Tú ya con eso tenías bastante. ¡Cómo no pudiste hacer la mili por ser hijo de viuda! Con tu nombramiento en la mano y tu uniforme de cartero te empeñaste en subir a lo del vecino del cuarto, que presumía  siempre de haber servido en la legión y que tanta vara  te había dado por ello, para obligarle a que se cuadrara ante un superior. Y allí nos tuviste a tus hijos y a mí, desesperados, intentando sujetarte y quitándote la idea de la cabeza, porque el legionario ese anda mal de la azotea y temíamos que ocurriera una desgracia.

En Correos las cosas han cambiado, Satur. Hoy los carteros vienen hasta con corbata; eso sí, sin gorra, que no sé yo si a ti te convencería el asunto. Has estado mucho tiempo enfermo y mientras tanto han ido cambiando las cosas. “Y más que van a cambiar” -me asegura la cartera que viene a traernos la correspondencia. Una joven muy aparente que hasta tiene los estudios de abogado.

Los tiempos cambian, Satur. Ahora hablan de no sé qué cosas tan raras de la comunicación que yo no sabría explicarte siquiera, y de que eso de escribir cartas pasará a la historia, por los ordenadores y otros aparatos raros. A lo mejor tú, que ya lo veías venir, te has querido morir por eso. Digo yo. Porque otras razones no tenías, que yo sepa

 ¡Ay, Satur!,  mira que te lo repetía veces, que lo que no se pregona no se vende. Tú siempre sin ambiciones. Te bastaba con la tranquilidad del deber cumplido y con tus junteras con el Fausti. Los dos os quejabais de que ya no había compañerismo como en otros tiempos. Y es lo que yo digo: que quizás antes éramos más pobres, pero también más felices. Al menos eso me lo parece hoy. Y te tengo que dejar, Satur, que se acerca la hora de tu entierro y ya sé cómo te pones cuando llegamos tarde a los sitios. ¡Ay, Satur! 

Isidoro Irroca