El perfil

el perfil

En la penumbra de su habitación, alumbrada por la luz de la pantalla del ordenador, se deshacía en una actividad frenética para contestar a los múltiples mensajes que todos sus admiradores le dejaban. Con la misma ansiedad, cada día actualizaba su perfil con las fotos más sugerentes y exponía, con melosa dedicación, poemas arrastrados a la fuerza y comentarios de un relamido agradecimiento.  Tejía a su alrededor el suficiente misterio para convocar a los caballeros de la soledad y a los aventureros de la apariencia.  Nubes de humo de cigarrillos velaban un paisaje doméstico de noches, sombras y oscuridades que rodeaban la silueta de una mujer devorada por el tiempo. Sobre las profundas arrugas de su rostro, en los vidriosos ojos gastados por los años, se encendía una perversa luz de consuelo y obsesión; mientras que, con amargura, leía los comentarios que los seguidores ponían a las imágenes de aquella mujer, joven y siempre fascinante, que ella enseñaba como propias.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (obra registrada)

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La espera

la espera

Al otro lado de la ventana el tiempo transcurría a su velocidad. Sin embargo, dentro se detenía por los pasillos, por las salas de consulta, por los ascensores y los puestos de información. Cuando llegaba a Urgencias, se paralizaba como la muerte. Por un instante se sorprendió rezando. Pidió por Dios que no le ocurriera nada. Esperaba. Siempre esperaba. Hasta donde recordaba había estado esperando. Primero, los niños. Luego, los otros y todos los demás. Y, ahora, a que el médico que atendía a su marido en urgencias le asegurara que todo había quedado en un susto. Se preguntó si alguna vez alguien la estaría esperando a ella. Le invadió un viejo sentimiento de tristeza. Volvió a fijar su mirada tras la ventana y el tiempo, que allí se había convertido en piedra, fuera corría como el viento, mucho más rápido que los automóviles que se perdían a lo lejos por la carretera. Mientras, una vez más, ella seguía esperando.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Breve historia de amor

breve historia de amor

Por los soportales de la noche la vio pasar. Siguió sus pasos lentos, perdidos, bajo la trémula luz de las farolas. Por un instante le pareció vislumbrar un atisbo de tristeza en sus ojos. Quedó intrigado y se abandonó a la ensoñación. Risas mojadas en alcohol cruzaron la avenida y un menesteroso gritó, delirante, que el mundo se acababa. La miró de nuevo a los ojos y ella, ajena, levantó su mirada al cielo infinito. Él le dijo:

—Te alcanzaré en el sueño, mujer. Deja tu cuerpo abierto que encuentre en él reposo. Lo recorreré explorando cada milímetro y me pararé a beber de sus placeres. Luego, borraré mis huellas para que nadie pueda seguir mis pasos.

Y ella, que no había reparado en él, lo miró con la intriga con la que se mira a los locos. Le gustó el brillo gastado de sus ojos y terminaron amándose como se aman los desconocidos que acaban buscándose en los otros.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

La fuerza de la palabra

la fuerza de la palabra

Sentada, en la penumbra de la habitación, bajo la titubeante sombra que producía la luz de la vela, esperaba paciente a su amado. Lo conocía solo por carta. La fuerza de la palabra —le repetía, es lo que me enamora. Y él le remitía epístolas cargadas de palabras, ágilmente enlazadas, que conseguían hacerle caer en una especie de éxtasis delirante. Estaba segura que esta vez no se equivocaba, que aquel era el hombre que siempre buscó. Por eso decidió que debían conocerse. El sitio lo había escogido ella. Un hotel en decadencia, luctuoso, recóndito y desordenado que se había convertido en un lugar de citas rápidas. Él entró con su propia llave, la buscó con la mirada. Ella se incorporó del sillón y entonces escuchó una retahíla de frases que llegó a desencantarla.

Al día siguiente, el Ayudante del Inspector le explicaba:

—Jefe, igual que los otros cinco asesinados, un puñal en el corazón y un diccionario en la mano.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

El viejo reloj

el viejo reloj

El viejo reloj descolgaba sus horas con sonido de bronce roto. Nadie le echaba cuentas en la casa. Desde años atrás venía dando mal la hora y no coincidía, además, con el número de campanadas. Velaba por él, para que no se parara, el viejo Matías. Puntual, una vez en semana, ayudado de la manivela, le daba cuerda. Era un ritual que ejecutaba con mucha delicadeza y que pasaba inadvertido para el resto. Solo en alguna ocasión protestaban sobre la locura del reloj cuando reparaban en el desfase de sus horas. Pero nada de esto conseguía en verdad desalentar a Matías. Tampoco intentó nunca corregir sus desajustes. Son cosas de la edad, explicaba, también se está haciendo viejo. Y el reloj seguía así caminando por el tiempo, con sus sones huecos, desfasados, rotos, ajeno a la atención y a las miradas. Un día se paró definitivamente y nadie lo advirtió, nadie, hasta que el olor a muerte se hizo insoportable. 

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Lo que quieras

lo que quieras 1

Puso la noche a sus pies. Le interrogó por su deseo más ansiado y ella lo miró con gesto de olvido. Volvió a insistirle, Lo que quieras. ¿Lo que quiera?, y él entendió su respuesta como un signo claro de incredulidad. Le repitió, Lo que quieras, por difícil que sea, lo tendrás esta noche. Simuló pensarlo. Él la miraba loco. Le pareció irresistible cuando se mordió suavemente el labio y arqueó la cabeza hacia un lado. ¿Lo has pensado? Ella asintió y le devolvió una mirada larga, de tiempo infinito. Jugaba. Él volvió deseoso a exigirle una respuesta y ella lo apartó ligeramente, con desdén estudiado. ¿Matarías?, A quien hiciera falta. Sonrió. Alargó su mano y lo atrajo hacia ella. Lo miró a los ojos tan cerca que los labios se juntaron. Entonces él sintió el frío del metal en su costado. No se resistió. Ella apretó sus labios contra los de él, sabiendo que se llevaba su último aliento.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

El loco de la guerra

el loco de la guerra

Tenía un color en los ojos de tiempo gastado y de sueños rotos, una nube azul de perpetua ebriedad y una mirada a la que se asomaban, con descaro, los viejos fantasmas del pasado. Vagaba siempre por los mismos lugares hablando con las sombras, sonriendo a los perros y mirando al cielo con el orgullo vencido. Su locura llenaba la pequeña plaza donde, por las tardes, recogía algunas monedas bailando frente a la terraza de la cafetería. El loco de la guerra, como le llamaban, desapareció un buen día sin que volvieran a saber nunca más de él. Sobre el banco donde dormía encontraron su pequeño hato y en él descubrieron una carta cerrada, roída, que había escrito muchos años atrás, desde el propio frente de guerra, a una mujer que nunca llegó a recibirla. Cuando se la entregaron y la abrió no pudo reprimir las lágrimas y exclamar en voz alta:

—Sabía que no me había olvidado. Lo sabía.

 

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)