El viejo reloj

el viejo reloj

El viejo reloj descolgaba sus horas con sonido de bronce roto. Nadie le echaba cuentas en la casa. Desde años atrás venía dando mal la hora y no coincidía, además, con el número de campanadas. Velaba por él, para que no se parara, el viejo Matías. Puntual, una vez en semana, ayudado de la manivela, le daba cuerda. Era un ritual que ejecutaba con mucha delicadeza y que pasaba inadvertido para el resto. Solo en alguna ocasión protestaban sobre la locura del reloj cuando reparaban en el desfase de sus horas. Pero nada de esto conseguía en verdad desalentar a Matías. Tampoco intentó nunca corregir sus desajustes. Son cosas de la edad, explicaba, también se está haciendo viejo. Y el reloj seguía así caminando por el tiempo, con sus sones huecos, desfasados, rotos, ajeno a la atención y a las miradas. Un día se paró definitivamente y nadie lo advirtió, nadie, hasta que el olor a muerte se hizo insoportable. 

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Lo que quieras

lo que quieras 1

Puso la noche a sus pies. Le interrogó por su deseo más ansiado y ella lo miró con gesto de olvido. Volvió a insistirle, Lo que quieras. ¿Lo que quiera?, y él entendió su respuesta como un signo claro de incredulidad. Le repitió, Lo que quieras, por difícil que sea, lo tendrás esta noche. Simuló pensarlo. Él la miraba loco. Le pareció irresistible cuando se mordió suavemente el labio y arqueó la cabeza hacia un lado. ¿Lo has pensado? Ella asintió y le devolvió una mirada larga, de tiempo infinito. Jugaba. Él volvió deseoso a exigirle una respuesta y ella lo apartó ligeramente, con desdén estudiado. ¿Matarías?, A quien hiciera falta. Sonrió. Alargó su mano y lo atrajo hacia ella. Lo miró a los ojos tan cerca que los labios se juntaron. Entonces él sintió el frío del metal en su costado. No se resistió. Ella apretó sus labios contra los de él, sabiendo que se llevaba su último aliento.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

El loco de la guerra

el loco de la guerra

Tenía un color en los ojos de tiempo gastado y de sueños rotos, una nube azul de perpetua ebriedad y una mirada a la que se asomaban, con descaro, los viejos fantasmas del pasado. Vagaba siempre por los mismos lugares hablando con las sombras, sonriendo a los perros y mirando al cielo con el orgullo vencido. Su locura llenaba la pequeña plaza donde, por las tardes, recogía algunas monedas bailando frente a la terraza de la cafetería. El loco de la guerra, como le llamaban, desapareció un buen día sin que volvieran a saber nunca más de él. Sobre el banco donde dormía encontraron su pequeño hato y en él descubrieron una carta cerrada, roída, que había escrito muchos años atrás, desde el propio frente de guerra, a una mujer que nunca llegó a recibirla. Cuando se la entregaron y la abrió no pudo reprimir las lágrimas y exclamar en voz alta:

—Sabía que no me había olvidado. Lo sabía.

 

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Venganza

venganza

Escupieron la verdad con desprecio. No escondieron su crimen. En el bar celebraron su colectiva decisión, aún con el olor del miedo en sus ropas, todavía con el vaho caliente de la sangre en sus botas y con el odio crecido en la confianza que da disponer de la fuerza y el privilegio. Con vino apagaron el eco de sus conciencias mientras a las casas de los fusilados llegaba la noticia y se encendían los gritos de las viudas y los huérfanos. El rencor anidó por aquellas calles llenas de inviernos y cosechas. En los rezos se repetían los nombres de los caídos y el nombre y los dos apellidos de sus asesinos. Treinta años después caían sus hijos por las esquinas de la venganza. Así pagaron su crimen, viendo exterminada a su descendencia. Y por las calles volvieron los inviernos y las cosechas, después del llanto de otras viudas y otros huérfanos que gritaban el nombre de sus verdugos.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Los marginales

los marginales

Reían desdentados en los corros de las esquinas, calentados por bidones de leña y vino rancio de la bodega del Bizco. Decían que se orinaba en los barriles para darle más solera. Y quienes lo bebían siempre declaraban lo mismo: de algo habrá que morirse. Se morían por desnutrición y tuberculosis, por drogas adulteradas y por puro asco de la vida que llevaban. Los que tenían más suerte morían de frío o se tropezaban con una bala. Y los afortunados, se contagiaban de venéreas o se suicidaban lanzándose al río desde la azotea del edificio de Blue Sky. Solo un hombre supo salir de aquel círculo vicioso del eterno desamparo. Lucky Dream deslumbraba con la luz del que ha sido tocado por los dioses. Su brillantez era percibida desde niño y, cuando creció, crecieron en él talentos y bondades que le señalaban ante todos. Su milagro fue el ejemplo, por eso supieron que tendrían que crucificarle para poder ser redimidos.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

La promesa

la promesa

Te alcanzaré en el sueño —le dijo, y cerró sus ojos para siempre. Después de devolverlo a la tierra y llorarle sus recuerdos, la mujer se dormía cada noche esperando encontrarlo en sus sueños. Pero nunca llegó. Cada mañana, al despertarse, le reprochaba muda no cumplir con su promesa. Pasaba el resto del día perdida en las sombras de la casa y llorando silencios mientras acariciaba los objetos y los utensilios que le habían pertenecido. La tristeza y la melancolía conquistaron un cuerpo vencido ya por la vida y se empequeñecía más, a cada instante, hasta convertirse en una profunda arruga del tiempo. Aun así, no perdía la esperanza y cada noche la recibía con el anhelo de que, en cualquier momento, se cumpliría por fin la promesa que le hizo. Pero nunca llegó a producirse. Murió sin saber que su marido, desde el principio, se había confundido de sueño y cada noche aparecía en la pesadilla de otra mujer.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras. (Obra registrada)

Los dos amigos

los dos amigos

Quizás pudo evitarlo, se reprochaba, mientras sostenía el arma homicida entre sus dedos. Lo conocía bien, lo había visto crecer entre humaredas veladas y güisquis de media noche. Incluso lo descubrió en los largos silencios de la madrugada y en los paseos de las tardes doradas de primavera. Y, después, decidió enfrentarlo a la vida cruel de una ciudad sin nombre. Pasearon juntos por las calles nocturnas del bulevar entre copas y conquistas, visitaron los oscuros prostíbulos del barrio chino y bajaron al subsuelo del crimen donde la vida se jugaba, a cada instante, a la ruleta rusa. Incluso se enamoraron de la misma mujer. Sentado ante la mesa, rompió a llorar y su llanto se hizo incontenible, sonoro, hasta el punto que lo escuchó su mujer y acudió a interesarse. Cuando le preguntó qué le pasaba, soltó la pluma de entre sus dedos y, sin llegar a mirarla siquiera, le contestó:

—Acabo de matar al protagonista de mi novela.

Isidoro Irroca

“Relatos en 160 palabras” (Obra registrada)