Aun sabiendo que no te llegará.

          aun sabiendo que no te llegará

         Todo silencio tiene su dueño; cada palabra, su esclavo. Te gustaba repetirlo hasta la saciedad. En cada momento, viniera o no al caso. Lo hacías a veces en tono teatral y melodramático para ponerle más énfasis, si cabe, a la frase. Ya ves, amigo, ahora que tú estás callado por completo, ahora que eres más dueño que nunca de todos tus silencios. Siempre te gustó moverte por los extremos, con la facilidad del que piensa que no en el término medio se halla la virtud. Así pasó tu existencia, o se alargó, hasta que quedaste mudo por íntima decisión. Y al hacerlo, también, quedaste descolgado de la vida, de tu propia vida. Me lo comunicaste el día anterior con una seriedad que invitaba a la broma. “A partir de mañana dejo de articular palabra. Mi garganta se queda muda”. No saludaste siquiera cuando, en el trabajo, se te dieron los buenos días. Yo te observaba entre expectante y temeroso. Quería creer que lo que me anunciaste el día anterior era puro surrealismo tuyo; nada que ver, por otra parte, con una firme determinación. Cuando te llamó el jefe de la oficina, para que le explicaras el asunto en el que trabajabas, ahí me di cuenta que todo iba en serio. Os observaba a través de la mampara de cristal. Vi salir al jefe asustado y decir no sé qué de un estado cataléptico que me produjo cierta sonrisa. Llamaron al Servicio de Urgencias y se armó tal barullo que ya se especulaba sobre terribles enfermedades e, incluso, con tu muerte inmediata. No solo no articulabas palabra, sino que ni siquiera respondías con gestos. Solo tu mirada fija y profunda que terminaba por asustar. Pude haberme entrometido entonces, explicárselo a los médicos antes de que se volvieran locos buscando la causa de tu mudez. Pero no consideré adecuado inmiscuirme en algo que era, al fin y al cabo, tu decisión. Una decisión que empezó por cambiarte la vida de manera firme e irrevocable. Al poco tiempo, después de que descubrieran que fingías mutismo, de que no existía una causa física que te impidiera hablar, ni psicológica demostrable, te despidieron del trabajo. Hablé contigo entonces. Tus ojos habían adquirido un nuevo brillo. Dicen que cuando perdemos un sentido o una facultad otros miembros se desarrollan para suplirlos. Tus ojos parecían tus labios, solo que en ellos la verdad resultaba aún mucho más cruda, por eso acababan asustando. Intenté persuadirte de todas las maneras. Tú solo escuchabas en silencio, con tus ojos fijos en los míos. Creo recordar que te argumenté que tal disposición no te llevaría más que a un aislamiento definitivo del mundo. Incluso te aconsejé que, en último extremo y si seguías empeñado en tu actitud, ingresaras en una orden religiosa de las que suelen hacer votos de silencio. Tú solo escuchabas. Entonces comprendí que tu intención no era solo no articular palabra, sino que se trataba de un retiro definitivo de la vida, empezando por no querer hablar. Te perdí la vista durante un tiempo. Supe que habías dejado el apartamento, al poco tiempo de haber dejado el trabajo, de dejar de frecuentar los lugares comunes y de encuentro. No sabía realmente nada de ti. En la oficina, conocedores de nuestra amistad, me preguntaban constantemente. Solía mentir casi siempre. Luego, surgieron otros temas a los que dedicaron más atención y te olvidaron de repente. Yo no sabía dónde acudir o poder recibir información sobre tu paradero. Al final no fue necesario. En el buzón, naufragando entre propaganda y extractos bancarios, había una carta tuya. Supe reconocer tu letra nada más verla, y debo confesarte que me sentía nervioso por un lado y ciertamente asombrado por otro. En el ascensor la abrí impaciente, comencé a leer, luego interrumpí la lectura para comprobar el lugar  y fecha del matasellos. Me alivió ver que seguías en la ciudad. Al entrar al piso busqué el sillón y empecé a leer de nuevo por el principio. Creo que la leí cinco veces al menos. No quería dejar escapar ningún matiz, ninguna apreciación. Tengo que admitir que me alertó, hasta el punto que inicié una investigación detectivesca para dar con tu paradero. Me ayudó el matasellos, donde aparecía el distrito postal donde fue recepcionada, y parte del logotipo, salvado de un emborronamiento premeditado, que figuraba en el sobre. Con ambos datos di con tu nueva residencia. Vigilé la entrada con el ánimo puesto en verte aparecer. Sólo me decidí a entrar después de varios días de infructuosa espera. Me recibió un enfermero. Con amañada educación me preguntó lo que deseaba. Di tu nombre. No te conocía. Pasé a describirte. Dije que no hablabas. ¡Ah, el mudo! Me preguntó si era familiar tuyo. Dije que no, sólo amigo. Me hizo pasar a un pequeño despacho y me pidió que esperara. Pronto llegó un médico. Me saludó cortés. Traía lo que luego supe era tu informe médico. Quiso saber tu nombre completo. Hablamos de la misma persona, le dije, cuando me enseñó tu foto. Entonces supe más de ti. Supe que habías ingresado en el Hospital Psiquiátrico después de ser remitido a instancias del Servicio de Urgencias, donde ingresaste en un estado físico deplorable: te estabas muriendo en plena calle; que llegaste a este centro sin articular palabra; que, un buen día, decidiste cerrar los ojos para no abrirlos más, yendo como ciego por los pasillos del hospital y tropezando con todo lo que a tu paso se interponía. Y que, finalmente, decidiste negarte a comer. El suero y los medicamentos te alargaron la agonía unas semanas más. Luego, se acabó tu vida. Algo me explicó el doctor sobre los pormenores de tu entierro, de la búsqueda de algún familiar que se hiciera cargo de tu cuerpo. Todo fue infructuoso. Terminaron por enterrarte en este cementerio, del lado de los indigentes, de los sin nombre. Cuando le pregunté al doctor sobre la fecha exacta de tu muerte, vio en mi rostro un gesto de sorpresa que no dudó en cuestionarme. Entonces se lo expliqué, mientras le enseñaba tu carta y le hacía hincapié en que se fijara en la fecha del matasellos: tres semanas después del día de tu fallecimiento. Bueno, lo explicó, algún posible retraso, quizás el personal del Hospital la encontrara entre sus pertenencias, después de muerto, y terminara por echarla a cualquier buzón de Correos. ¿Si lo desea puedo preguntar entre el servicio de auxiliares? Le dije que no, para qué molestarse. Estabas muerto ya, qué importaba realmente ese detalle. Salí con el deseo de visitar tu tumba y aquí me tienes, frente a una lápida vacía. No he podido reprimir contestarte. Necesitaba escribirte para poder creer que todo esto ha sucedido de veras, aun sabiendo que esta carta nunca podrás recibirla, aun teniendo la certeza de que nunca te llegará. Ni siquiera tarde.

Isidoro Irroca