Ante la imposibilidad

la imposibilidad

“Lo que yo no puedo hacer ahora es signo de lo que haré más tarde. El sentido de la imposibilidad es el comienzo de todas las posibilidades” (Sri Aurobindo); y sin embargo, lo contradice la sentencia anónima de que “como no sabían que era imposible, lo hicieron”. Lo que sí queda claro, y es lo único que debe servirnos, es la conclusión que, por idéntica, ya debe ser considerada. No hay nada que no se pueda hacer, seamos o no conscientes de su infinita complicación. Y no es difícil indagar en cada una de nuestras vidas para poder comprobar que, ante una imposibilidad, nos hemos crecido y, ante la falta de conciencia de otra, la hemos resuelto bajo la extrañeza, luego, de haber realizado una auténtica locura.  

El ser humano es altamente complejo en la sencillez que nos motiva; pero también tiene una ilimitada capacidad de adaptación que lo hace, dentro de la fragilidad de su materia, un superviviente incombustible. Lo que le salva, o le puede salvar, o debería salvarle, es su sentido de trascender a la realidad más evidente. Necesita distinguirse de la manada, debe hacerlo aún bajo la piel de un animal enfundado, aún maniatado por la fuerza de los instintos más básicos, aún sabiendo que su vida puede peligrar en el intento o que, como consecuencia de su aventura, caiga en la atroz locura de la autodestrucción. Pero nada es imposible. Nada. Nuestras limitaciones carecen de valor, o tienen el valor que les otorga el propio miedo que, como libre que es, cada uno toma el que le parece.

Isidoro Irroca

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