La mujer púdica

la mujer púdica

Nadie que la conociera podía jurar haberla visto desnuda. Siempre evitó los baños públicos, los reconocimientos médicos o cualquier otra situación en la que tuviera que mostrarse sin sus ropas. Todo lo explicaban como producto de un pudor desmedido que ella misma sostenía, en cualquier ocasión, para evitar reproches e insistencias. A medida que se hacía mayor, y empezaba a necesitar de los cuidados ajenos, su manía la dirigía a los propios extremos de la obsesión. En casos de difícil evasiva, velaba siempre por no enseñar el torso. Nunca se le conoció relación íntima, y se sospechaba que era por la misma razón, por su desquiciado rubor a tener que mostrarse desnuda ante alguien. Durante sus últimos años de vida, en la residencia de ancianos, peleó con ahínco por mantener su delirio ante enfermeras y cuidadoras. Sólo cuando murió, al amortajarla, pudieron ver el tatuaje labrado sobre su espalda. Entonces supieron quién era en realidad aquella mujer. Sin ninguna duda.

Isidoro Irroca

“Relatos en 160 palabras” (Obra registrada)

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