La promesa

la promesa

Te alcanzaré en el sueño —le dijo, y cerró sus ojos para siempre. Después de devolverlo a la tierra y llorarle sus recuerdos, la mujer se dormía cada noche esperando encontrarlo en sus sueños. Pero nunca llegó. Cada mañana, al despertarse, le reprochaba muda no cumplir con su promesa. Pasaba el resto del día perdida en las sombras de la casa y llorando silencios mientras acariciaba los objetos y los utensilios que le habían pertenecido. La tristeza y la melancolía conquistaron un cuerpo vencido ya por la vida y se empequeñecía más, a cada instante, hasta convertirse en una profunda arruga del tiempo. Aun así, no perdía la esperanza y cada noche la recibía con el anhelo de que, en cualquier momento, se cumpliría por fin la promesa que le hizo. Pero nunca llegó a producirse. Murió sin saber que su marido, desde el principio, se había confundido de sueño y cada noche aparecía en la pesadilla de otra mujer.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras. (Obra registrada)

Los dos amigos

los dos amigos

Quizás pudo evitarlo, se reprochaba, mientras sostenía el arma homicida entre sus dedos. Lo conocía bien, lo había visto crecer entre humaredas veladas y güisquis de media noche. Incluso lo descubrió en los largos silencios de la madrugada y en los paseos de las tardes doradas de primavera. Y, después, decidió enfrentarlo a la vida cruel de una ciudad sin nombre. Pasearon juntos por las calles nocturnas del bulevar entre copas y conquistas, visitaron los oscuros prostíbulos del barrio chino y bajaron al subsuelo del crimen donde la vida se jugaba, a cada instante, a la ruleta rusa. Incluso se enamoraron de la misma mujer. Sentado ante la mesa, rompió a llorar y su llanto se hizo incontenible, sonoro, hasta el punto que lo escuchó su mujer y acudió a interesarse. Cuando le preguntó qué le pasaba, soltó la pluma de entre sus dedos y, sin llegar a mirarla siquiera, le contestó:

—Acabo de matar al protagonista de mi novela.

Isidoro Irroca

“Relatos en 160 palabras” (Obra registrada)

La mujer púdica

la mujer púdica

Nadie que la conociera podía jurar haberla visto desnuda. Siempre evitó los baños públicos, los reconocimientos médicos o cualquier otra situación en la que tuviera que mostrarse sin sus ropas. Todo lo explicaban como producto de un pudor desmedido que ella misma sostenía, en cualquier ocasión, para evitar reproches e insistencias. A medida que se hacía mayor, y empezaba a necesitar de los cuidados ajenos, su manía la dirigía a los propios extremos de la obsesión. En casos de difícil evasiva, velaba siempre por no enseñar el torso. Nunca se le conoció relación íntima, y se sospechaba que era por la misma razón, por su desquiciado rubor a tener que mostrarse desnuda ante alguien. Durante sus últimos años de vida, en la residencia de ancianos, peleó con ahínco por mantener su delirio ante enfermeras y cuidadoras. Sólo cuando murió, al amortajarla, pudieron ver el tatuaje labrado sobre su espalda. Entonces supieron quién era en realidad aquella mujer. Sin ninguna duda.

Isidoro Irroca

“Relatos en 160 palabras” (Obra registrada)