El vigilante de seguridad

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Con el tiempo había adquirido un olfato especial para detectar a los ladrones. Por eso, aquel día de gran afluencia de clientes en el centro comercial, cuando aquella mujer de ropas holgadas entró en la sección de tecnología, supo que podría dar problemas.  Comunicó al puesto de control para que la siguieran con las cámaras y, en cuanto recibió el aviso de que la mujer se había guardado un objeto bajo la ropa, se acercó y le pidió que le acompañara. Como si estuviera acostumbrada a estas situaciones, le siguió en silencio hasta la habitación de incidencias. Al no reaccionar a su petición de que dejara sobre la mesa lo sustraído, siguió el protocolo establecido y a los pocos minutos se personó una agente de policía para proceder al registro. En el cacheo palpó sin dificultad objetos contundentes bajo su ropa. No llegó a darle tiempo para pedirle que se descubriera. La explosión se hizo oír en toda la ciudad.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (© Obra registrada)

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Los hombres invisibles

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Los hombres invisibles no gritan ni se estremecen, se rinden al destino, pasean por las calles sin nombre y nunca miran al cielo. Marcus Still llevaba dieciséis años muriendo en  vida. Formaba parte de un paisaje inalterable que solo se animaba al atardecer de sus días. Su pequeño mundo se alimentaba de un orden extremado, radicalmente patológico, medido en el tiempo y en el espacio. Incluso su vocabulario se asociaba, invariable, a los escasos episodios de existencia y se reducía preciso y con rigor a lo cotidiano. Todo, hasta los gestos, resultaba reiterativo y predecible. Lo opuesto era entrar en la locura, en la ansiedad y la violencia. Con ocasión de un viaje por mar, junto a su familia, el barco sufrió un accidente y se hundió. Marcus fue el único superviviente. Naufragó en una desconocida isla cuyos habitantes, al ver su aspecto extraño y distante, lo confundieron con un dios y empezaron a adorarlo. Así nacieron los hombres invisibles.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Arrepentimiento

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En la soledad no era necesario recurrir al disimulo. Sentado sobre la cama, con la mirada perdida en el paisaje que transcurría tras la ventana, su gesto era triste y afligido, con un punto de dolor indescriptible, causado por un pensamiento que se le hacía obsesivo en aquel angustioso ambiente en que vivía. Buscaba culpables como quien busca tablas de salvación. Pero el único culpable era él mismo. Se resistía a admitirlo. ¿Qué hacía allí, tan lejos de los suyos, tan solo como siempre? Cuando la luz de la tarde se iba apagando, se oscurecían los rincones y las sombras de los escasos muebles se cubrían de noche. Entonces emitía un llanto ahogado y un hondo arrepentimiento se situaba a la altura del estómago. Maldecía la hora y los segundos, aquel momento fatídico en el que sus manos se tiñeron de sangre ajena. Lloraba sin consuelo, desolado y abatido, hasta que oía al carcelero abrir la puerta de su celda.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)