Filosofía de la miseria

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Lupe Siniestros, mujer desgraciada donde las haya, le parió la burra, la cerda y la coneja el mismo día en que se puso a parir ella. El marido atendió primero a la burra, luego a la cerda y por último a la coneja. Cuando se acordó de su mujer ésta ya llevaba varias horas metidita en cama después de que se hubiera ido la comadrona. Cuando apareció el marido en la habitación, Lupe, angustiada, le dijo:

—¡Ay Antón, que se nos murió el niño!

—No te preocupes por ello  —la consoló—, la burra ha dado un rucho precioso; la cerda, veinte cerditos y la coneja más conejos que pueda alimentar. Así que…

Lupe se sintió reconfortada, pero al cabo de los años aquel recuerdo se le envenenó por dentro. Antón cayó enfermo, yacía gangrenoso sobre un catre de colchón de paja. Murió al poco tiempo, solo, mientras Lupe daba de comer a la burra, los cerdos y los conejos.

 

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (obra registrada)

Miseria de la Filosofía

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Obligada por la situación, Lupe Siniestros vendió sus conejos y los cerdos. Con el dinero conseguido compró diez cabras que ordeñaba cada día al alba. Ayudándose de la burra, transportaba la leche a las aldeas más cercanas donde la vendía a buen precio. Pasado el tiempo, Lupe se hizo de más ganado y contrató a un pastor para que lo cuidara. Para aligerar las tareas de ordeño, invirtió en unas nuevas máquinas e instalaciones más modernas que le permitieron acometer trabajos de industrialización. La fábrica de quesos llegó a tener hasta cien empleados. Lupe, lejos ya de sus orígenes, se hizo cada vez más ambiciosa. La alianza con una gran cadena alimentaria le hizo conseguir grandes inversiones y desembolsos económicos. Se multiplicaron las fábricas por todo el país. Y Lupe llegó a ser considerada la mujer más rica de toda la región. Un día, frente a la tumba de su marido, rezó: ¡Ay Antón, que tenías que haberte muerto antes!

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

El vigilante de seguridad

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Con el tiempo había adquirido un olfato especial para detectar a los ladrones. Por eso, aquel día de gran afluencia de clientes en el centro comercial, cuando aquella mujer de ropas holgadas entró en la sección de tecnología, supo que podría dar problemas.  Comunicó al puesto de control para que la siguieran con las cámaras y, en cuanto recibió el aviso de que la mujer se había guardado un objeto bajo la ropa, se acercó y le pidió que le acompañara. Como si estuviera acostumbrada a estas situaciones, le siguió en silencio hasta la habitación de incidencias. Al no reaccionar a su petición de que dejara sobre la mesa lo sustraído, siguió el protocolo establecido y a los pocos minutos se personó una agente de policía para proceder al registro. En el cacheo palpó sin dificultad objetos contundentes bajo su ropa. No llegó a darle tiempo para pedirle que se descubriera. La explosión se hizo oír en toda la ciudad.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (© Obra registrada)

Los hombres invisibles

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Los hombres invisibles no gritan ni se estremecen, se rinden al destino, pasean por las calles sin nombre y nunca miran al cielo. Marcus Still llevaba dieciséis años muriendo en  vida. Formaba parte de un paisaje inalterable que solo se animaba al atardecer de sus días. Su pequeño mundo se alimentaba de un orden extremado, radicalmente patológico, medido en el tiempo y en el espacio. Incluso su vocabulario se asociaba, invariable, a los escasos episodios de existencia y se reducía preciso y con rigor a lo cotidiano. Todo, hasta los gestos, resultaba reiterativo y predecible. Lo opuesto era entrar en la locura, en la ansiedad y la violencia. Con ocasión de un viaje por mar, junto a su familia, el barco sufrió un accidente y se hundió. Marcus fue el único superviviente. Naufragó en una desconocida isla cuyos habitantes, al ver su aspecto extraño y distante, lo confundieron con un dios y empezaron a adorarlo. Así nacieron los hombres invisibles.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Arrepentimiento

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En la soledad no era necesario recurrir al disimulo. Sentado sobre la cama, con la mirada perdida en el paisaje que transcurría tras la ventana, su gesto era triste y afligido, con un punto de dolor indescriptible, causado por un pensamiento que se le hacía obsesivo en aquel angustioso ambiente en que vivía. Buscaba culpables como quien busca tablas de salvación. Pero el único culpable era él mismo. Se resistía a admitirlo. ¿Qué hacía allí, tan lejos de los suyos, tan solo como siempre? Cuando la luz de la tarde se iba apagando, se oscurecían los rincones y las sombras de los escasos muebles se cubrían de noche. Entonces emitía un llanto ahogado y un hondo arrepentimiento se situaba a la altura del estómago. Maldecía la hora y los segundos, aquel momento fatídico en el que sus manos se tiñeron de sangre ajena. Lloraba sin consuelo, desolado y abatido, hasta que oía al carcelero abrir la puerta de su celda.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

Veinticinco años

veinticinco años

Estaba dispuesto. A pesar de que le advirtieran que el proceso era doloroso, que los efectos secundarios y las secuelas perdurarían por el resto de su vida. Le valía la pena. Había encontrado a la mujer ideal y no quería perderla, la amaba por encima de todas las cosas, desde el mismo momento en que la conoció en aquella sala de conferencias. A ella no le importaba demasiado, pero para él se convirtió en una verdadera obsesión. No podía dejar de pensar en ello. “Es que son veinticinco años –se repetía, veinticinco años de diferencia de edad es mucho tiempo”. Agitado por este pensamiento se tomó de un trago el elixir de la juventud que le habían preparado. Cuando despertó, era veinticinco años más joven. A pesar del excesivo dolor que sentía, necesitaba compartirlo con ella. Quería verla. Como pudo llegó hasta su casa. Tocó a la puerta. Cuando abrió, era ella. Supo reconocerla. Solo que veinticinco años más vieja.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)

La noticia

la noticia

Vivieron cincuenta y cuatro años juntos. Hijos de una cruel posguerra, se conocieron en una primavera de flores muertas y nidos vacíos, en una estación de caras tristes y anudadas maletas, de prisas ahogadas por el miedo y la incertidumbre. Años de trabajo, pequeños ahorros que alimentaban sueños bajo un cielo que eternamente escondía al sol, largas conversaciones en las heladas noches de invierno que ella siempre terminaba igual, “¿Recuerdas cuando nos conocimos en la estación? Siempre te cuidaré, me dijiste”. Cuando llegó el tiempo de resumir volvieron a sus orígenes, compraron la casa y el campo, y la vida se les truncó de repente. Ella cayó enferma, grave, desahuciada, con dolores imposibles…; y a él, se le cambió la vida viéndola sufrir. Lo dijiste, me lo dijiste –le repetía. Y él, invocando al dios de la desesperación, le contestó: -Siempre te cuidaré. Aquel día los diarios se despertaron dando la noticia de un nuevo caso de violencia de género.

Isidoro Irroca

Relatos en 160 palabras (Obra registrada)